Traducción y punto. Jaime Garcimartín: «¡BIEN HALLADOS, LOCAL CONCEPT!»

A finales del pasado mes de septiembre, con ocasión de una cena de homenaje a mi excompañera de la Fundéu Victoria Alcázar, que se jubilaba en esas fechas, tuve la ocasión de sentarme al lado de Joaquín Müller, director general de la Fundación –aunque, sobre todo, periodista, con una larga trayectoria y una fuerte vocación–, y charlar distendidamente sobre la impagable labor de la Fundéu como observatorio lingüístico de los medios de comunicación (o como «Academia de los Periodistas», tal como les gusta llamarla a muchos profesionales de los medios), que sigue en alza desde el 2005, año de su creación. No olvidemos que, tal como se lee en sus estatutos, «[…] la Fundéu BBVA es una institución sin ánimo de lucro que tiene como principal objetivo impulsar el buen uso del español en los medios de comunicación a ambos lados del Atlántico».

Mi percepción —le dije—, que además se refuerza día a día, es que el origen de una gran parte de los errores lingüísticos en que incurren los periodistas procede de los ya inoculados en las traducciones de los informes, páginas web, artículos de prensa, teletipos de agencias internacionales de noticias, novelas, ensayos, etc., que reciben en sus redacciones o que leen en sus ratos libres (una lectura acrítica que suele ser producto de su falta de tiempo y de lo acuciante de su labor informativa). Habría, por tanto, que tener esto en cuenta –continué– y prestar una mayor atención (y un mayor apoyo) al sector de la traducción, responsable en primera instancia de la posterior viralización de dichos errores, que atribuimos –como no podía ser de otra forma– a quienes los divulgan en sus medios.

Y no se trata de errores evidentes, sino de los otros, los más dañinos, los que actúan como las ideologías y los prejuicios que las envuelven: subrepticiamente. De repente, escuchas a tu vecino o compañero de trabajo decir que tal o cual comerciante es un gitano porque lo engañó en la compra, que los italianos son unos «moros» (ver la acepción 10 del Diccionario) o que la amiga de fulanito viste «como una cualquiera». Y, probablemente, tanto tu vecino como tu colega de trabajo se proclaman públicamente antirracistas (con doble erre), ciudadanos del mundo y feministas. Del mismo modo, nos hemos habituado a ver títulos «anglogerundizados» como Haciendo Películas —Por qué los Cineastas Son Tan Bizarros (Making Movies —Why the Filmmakers Are So Bizarre), a decir con la mayor naturalidad que un amigo trabaja como Profesor de inglés desde Febrero o que haremos algo en unos minutos, cuando lo que queremos significar es que lo haremos dentro de un rato, y al mismo tiempo nos sentimos adalides de un español soberano y sin fisuras…

No quiero decir con esto que nuestros traductores sean malos profesionales; nada más lejos de mi intención. Son, nada más y nada menos, los demiurgos que armonizan nuestro universo lingüístico, los que asumen la responsabilidad social de poner orden en Babel, y claro, al igual que pasa, por ejemplo, en el fútbol, donde solo fallan los penaltis quienes asumen el compromiso de lanzarlos, en la vida cotidiana solo quienes se dedican profesionalmente a la traducción pueden lanzar algún balón fuera o al poste, tener algunos lapsus. Y no olvidemos que hasta Messi falla una media del 21 % de las penas máximas que ejecuta.

Los errores de los traductores –mucho menos frecuentes que los de Messi lanzando penaltis, por cierto– son la consecuencia inevitable de una labor colosal. Es imposible no tenerlos, dada la naturaleza de su trabajo, en el que deben lidiar a diario con un sinfín de conceptos nuevos –muchos, de una enorme complejidad– procedentes de todos los ámbitos del conocimiento, y además, en unos tiempos limitadísimos (el cliente quiere el trabajo hecho para antes de ayer…).

Si a esto le añadimos que la norma académica esté sometida a un continuo cambio (el que «imponen» los hablantes –al menos, teóricamente–); que en muchas ocasiones, además, no ofrece respuestas a la gran cantidad de vocablos y giros que surgen cada día como consecuencia del vertiginoso avance de las nuevas tecnologías, de la economía, el marketing, la publicidad, la política internacional, la ciencia, etc., que además se multiplican gracias a internet y a las redes sociales, es absolutamente lógico que a los traductores los asalten muchas dudas y que se sientan huérfanos para resolverlas.

Tan hercúlea labor merece, por tanto, al menos desde mi punto de vista, una Fundéu propia (que podría denominarse Funtradu: Fundación de la Traducción Urgente), apoyada, además, como la original, por la Academia (bueno, mejor por las Academias, dada la creciente globalización del español, la vocación panhispánica que ha demostrado la institución en los últimos tiempos y, sobre todo, el interés que muestran la mayoría de los clientes por volcar sus traducciones a un español global) para dotarle de la máxima autoridad.

Y cuento todo esto porque, precisamente –casualidades de la vida–, solo dos o tres días después de aquella cena, se puso en contacto conmigo Susana Pinilla, directora de Local Concept (LC), para ofrecerme la revisión de estilo de un curso en línea (mejor que online) de marketing y ventas perteneciente a una universidad norteamericana de renombre internacional que LC acababa de traducir y adaptar (por el momento, trataré de evitar el ubicuo y más que asentado calco localizar…) para el mercado hispano.

Susana buscaba, precisamente, contar entre sus colaboradores con alguien que conociese de primera mano el modus operandi de la Fundéu, dado el merecido prestigio del que goza la institución patrocinada por el BBVA y promovida por la Agencia Efe, y que estuviese al día de la, a veces caprichosa y siempre controvertida, sobre todo en lo referente al tratamiento de los extranjerismos y «modismos globales», norma académica.

La verdad es que llegamos a un acuerdo muy rápidamente. Yo ya sabía de la existencia de Local Concept –me habían hablado muy bien de ella y conocía su página web–, pero mi conversación con Susana terminó de convencerme. Más allá de que, antes de llegar a mí, la traducción hubiera pasado ya un triple filtro de calidad (dos correctores independientes y un experto en mercadotecnia y ventas), de que me facilitaran una lista con las preferencias terminológicas del cliente (consensuadas, lógicamente, con LC), así como un glosario que unificaba las muchas expresiones polisémicas del original en inglés en función de cada contexto (ya sabemos cómo se las gasta el idioma de Steve Jobs…), más allá de todo ello, decía, Susana me hizo ver que detrás de la firma Local Concept no había solo un proyecto empresarial con ánimo de lucro, sino algo más

Dicen los expertos en inteligencia emocional, tan en boga desde finales del siglo pasado, que para tener una vida plena, o, al menos, para intentarlo con alguna garantía de éxito, es fundamental tener un proyecto, un objetivo y un plan de acción (y me muerdo la lengua para evitar el uso de la expresión tan en boga –¿o debería decir «tan trendy»?–, hoja de ruta, que a pesar de ser una locución correcta, no deja de ser un calco semántico del término inglés roadmap). Esta afirmación, que para mí es una evidencia, vale también para las empresas, y comprobé que Local Concept se la tomaba muy en serio. Así, detrás de su ilusionante proyecto de agencia internacional de traducción, con oficinas en Asia, América y Europa, subyace un objetivo apasionante: abordar todos y cada uno de sus proyectos de traducción como si fueran poesía, el género literario más difícil de traducir por sus sofisticadísimas exigencias de localización (el alma de cada cultura a lo largo del tiempo).

Espero que cuando, dentro de nuestro plan de acción, insista en usar equivalencias en español a términos tan irreductibles como big data, cloud computing, photocall, premium, networking, tablet, streaming, spin-off, start-up…, llegue a un acuerdo con mis colegas de Local Concept. Estoy seguro de ello, pues todos coincidimos en que educar (al cliente, al traductor, al periodista) es seducir, no tratar de imponer, y que para seducir no hay mejor arma que la sutileza, el convencimiento progresivo, cimentado en argumentos, y la mano izquierda. Trataremos de utilizarlas todas.

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